Yo la maté. Desgarré uno a uno sus sentidos, sus deseos, esperanzas y alegrías. Tomé su cuerpo y corté aquello que la dejaba vivir. Veía fluir la sangre como queriendo escapar del destino, su mirada no me hizo recapacitar, seguí en mi trabajo.
Golpes, nada pasa, golpes, nada cambia, golpes -¿Vamos a otro lugar? Ella aún seguía ahí, mirando a su más horrible enemiga. Continuaba el camino, sin mirarla ni pedir disculpas -¿Es que no puedes controlar los impulsos? ...
Pasaron los días y me sentía agobiada. A pesar de que ya no quedaba nada de su cuerpo, su alma permanecía aún ahí espiando cada uno de mis movimientos -No te piensas ir? Déjame, yo te asesiné! Acaso no te das cuenta de que quiero que te entierres en el infierno? Se acercó, sonrió y me abrazó.
martes, 16 de diciembre de 2008
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